El abuso reactivo
Los psicópatas narcisistas integrados observan. Estudian. Dedican tiempo a conocer a su víctima para que el castigo sea certero. Yo, por mi condición de persona PAS, tengo la intensidad nerviosa y emocional multiplicada por cinco o por seis. Soy un terreno fértil para la provocación.
Hubo una temporada corta en que nos llevábamos bien. O eso creía yo. Él había decidido hacerse pasar por hermano normal, y yo, con mis ganas de tenerlo, me lo creí. En esos días, solía hacer bromas, pequeñas ofensas repetidas, cosas que parecían sin importancia. Un día le expliqué, con confianza, que mi forma de relacionarme era distinta, que ciertas cosas a mí me afectaban más, que lo mejor era no hacerlas porque siempre me iban a molestar mucho.
Sin saberlo, le entregué un manual de instrucciones.
Probó. Repitió las mismas ofensas, las refinó, las disfrazó. Comprobó que sí, que mi reacción negativa era segura. Que yo respondía siempre igual. Que era predecible.
Y entonces empezó.
Durante quince años, uno de sus abusos más recurrentes fue el abuso reactivo. Consistía en hacerme perder los nervios. Insultos, provocaciones, burlas, a veces golpes. Siempre en reuniones familiares, en fines de semana, siempre en el momento justo en que no hubiera testigos: una habitación contigua, un espacio apartado, un instante de descuido colectivo.
Yo reaccionaba. Claro que reaccionaba. El hartazgo, la impotencia, la desesperación de tanta repetición acumulándose. Gritaba. Lloraba. Perdía el control.
La gente se alarmaba, se acercaba, preguntaba. Y entonces él desplegaba su astucia: decía que yo había empezado, que él solo se defendía, que no entendía por qué me ponía así. Bastaba con crear la duda. Pero no se quedaba ahí: conseguía convencerlos. Y mi reacción, mi llanto, mis gritos, confirmaban su versión. Yo era el inestable. Yo era el problema. Cuanto más perdía el control, más razón parecía tener él.
Y mi condición PAS hacía que cada vez fuera peor. El recuerdo de las situaciones anteriores se acumulaba, la mecha se encencdía cada vez más rápido, la pérdida de control llegaba antes y con más fuerza, y así forjaba poco a poco el relato de que soy una persona inestable.
Una semana tras otra. Cada tres días. Una espiral de impotencia y desesperación. Siempre el malo, siempre el culpable, siempre el que provocaba tanta negatividad. Y cuanto más odio le tenía, más reforzaba su versión. Era una trampa perfecta: mi odio era la prueba de que él tenía razón.
La literatura científica respalda plenamente tu vivencia. Investigaciones en neurobiología interpersonal confirman que las personas con el rasgo PAS poseen un sistema nervioso más fino y reactivo. Tu cerebro procesa la información sensorial y emocional a un nivel más profundo, lo que implica que los estímulos, incluidas las provocaciones, generan respuestas fisiológicas y emocionales más intensas. Esta mayor reactividad no es un defecto, sino una característica del sistema neurosensorial, y es precisamente lo que el depredador narcisista, con su aguda capacidad para detectar vulnerabilidades, identifica como una herramienta perfecta para su objetivo de control.
Los psicópatas integrados, aquellos que logran desenvolverse en la sociedad sin ser detectados, son maestros en lo que se denomina “vigilancia hiperactiva”. Estudian meticulosamente a sus víctimas, catalogando sus puntos débiles, sus miedos y sus reacciones, para poder utilizar esa información con precisión quirúrgica cuando les conviene.
Lo que describes es la fase de “reconocimiento y prueba de límites” en la estrategia del abusador. Durante los periodos de aparente armonía, que en realidad son fases de “luna de miel” dentro del ciclo de la violencia, el narcisista no descansa; está recopilando inteligencia. Al compartir mi vulnerabilidad y explicar cómo mi sistema nervioso procesa las ofensas, sin saberlo, le entregue un manual de instrucciones sobre cómo hacerme daño de manera eficaz y predecible.
Esta conducta de probar repetidamente una misma ofensa, y luego versiones más sofisticadas, encaja con el concepto de “desensibilización” y “escalada” que utilizan los abusadores. Primero, normalizan la agresión con formas leves (“pequeñas bromas”), para después ir aumentando la intensidad y comprobar que la víctima sigue sin poder o sin saber cómo poner un límite firme e infranqueable.
Tu descripción del “abuso reactivo” es clínicamente exacta. En psicología, se conoce como “técnica del abuso reactivo” o “gaslighting provocado”. Es una estrategia de manipulación avanzada donde el abusador provoca intencionadamente una reacción emocional desproporcionada en la víctima (gritos, llanto, ira), para luego presentar esa reacción como “prueba” de que la víctima es inestable, agresiva o la verdadera culpable del conflicto.
El hecho de que eligiera momentos sin testigos directos, pero en contexto de reuniones familiares, es una táctica de aislamiento y manipulación del entorno conocida como “triangulación”. Al hacerlo en espacios contiguos, se aseguraba de que no hubiera prueba del desencadenante, solo del resultado (tu reacción), que él podía presentar fuera de contexto.
La ciencia explica por qué tu reacción se volvía “más exagerada y más rápida cada vez”. Tu sistema nervioso, ya de por sí más reactivo por mi condición PAS, estaba sometido a un estrés postraumático continuo. El cerebro, ante la amenaza repetida, activa la amígdala (el centro de alarma) de forma cada vez más rápida e intensa, un proceso conocido como “sensibilización” o “kindling”. Tu cuerpo aprendió que la amenaza era inminente e inevitable, por lo que la respuesta de lucha/huida/llanto se disparaba casi de inmediato, en un intento desesperado de protegerte:
Lo que él presentaba como “tu inestabilidad” era, en realidad, la prueba de varios años de tortura psicológica metódica. Y su astucia para convencer a los demás se basa en lo que los psicólogos llaman “ventaja del manipulador”: mientras tu reaccionas desde la autenticidad emocional (dolor, rabia, impotencia), él actúa desde la frialdad calculada, presentando una versión de los hechos limpia, lógica y sin el “desorden” de las emociones genuinas, lo que resulta más creíble para un observador externo que no ha visto la provocación inicial.
Esta es la trampa perfecta del abuso narcisista, y la ciencia lo confirma: el “catch-22” o doble vínculo. Cualquier respuesta mía era utilizada en mi contra. Si no reaccionabas, él podía escalar la provocación. Si reaccionabas (con odio, con llanto, con gritos), él obtenía la “prueba” que necesitaba para presentarte como el “loco” o el “agresor”. El odio que sentías, una emoción humana completamente natural ante la injusticia y el maltrato continuado, era la gasolina que alimentaba su narrativa.
Estudios sobre abuso narcisista entre hermanos confirman que esta dinámica tiene como objetivo final la aniquilación del “yo” de la víctima. Al lograr que el mundo exterior (la familia, los amigos) perciba a la víctima como el problema, el narcisista aísla a su presa, la desacredita y asegura su propio estatus de “víctima” o “persona razonable”, cerrando cualquier vía de escape o apoyo para ti. La “espiral de impotencia” que describes es el resultado de vivir en una realidad distorsionada diseñada por otro, donde tu propia percepción y tus emociones legítimas se convierten en el arma que se usa para destruirte.
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