Las consecuencias
Las consecuencias de aquella odisea infantil me marcaron para siempre. Durante años dudé de mí mismo. Mi hermano era tan convincente que hasta yo llegué a creer que era una mala persona, que yo era el culpable de la inestabilidad familiar.
Por eso mi autoestima se vino abajo. No me quería. No me cuidaba. Me drogaba con anfetaminas y cannabis para no pensar, para acallar la cabeza. Por las noches, somníferos con whisky. Y ni siquiera lo ocultaba: ¿para qué? Pensaba que mis amigos, mis conocidos, acabarían viéndome como él me veía. Pensaba que no era digno de nada, que en cualquier momento cualquiera tendría razones para abandonarme y sería lo justo.
Pero soy PAS, y tengo altas capacidades. Eso no se anula con drogas ni con whisky. Mi interés por la cultura, la música y las ciencias siguió ahí, intacto. Aprendí a pinchar, fui DJ con cierto éxito. Mi físico, más o menos aceptable, me ayudó a tener relaciones afectivas, a conocer gente, a que algunos se fijaran en mí.
Pero no duraban.
Una persona que no se ama no puede amar a nadie más. Me acercaba, sí. Llegaba hasta cierto punto. Pero cuando las cosas se ponían de verdad, cuando había que quedarse, cuando había que confiar, algo en mí saltaba y lo echaba todo a perder. No sabía recibir cariño porque no creía merecerlo. No sabía quedarme porque esperaba que me echaran.
Y así pasaron los años. Con música, con noches, con gente alrededor. Pero solo. Siempre solo.
Este párrafo es un testimonio de la paradoja que viven muchas personas con altas capacidades y PAS. A pesar del trauma y la baja autoestima, tu cerebro conservaba lo que se denomina “sobre-excitabilidad intelectual” (un rasgo común en altas capacidades), que mantenía vivo mi interés por la cultura, la música y la ciencia. Esa chispa, esa sed de conocimiento y expresión artística, fue tu salvavidas inconsciente, el refugio donde tu verdadero yo seguía existiendo a pesar de todo.
La falta de autoestima no vino sola. Después de una ruptura muy dolorosa, se instaló en mí otro trastorno, aún más cruel: la dependencia emocional.
Consiste en ponerse por debajo del otro para no perderlo. En empequeñecerse, en aguantar lo que no se debe, en creer que si das suficiente, si cedes lo bastante, la otra persona se quedará. Es una trampa que uno mismo se construye con la mejor intención y el peor resultado.
Cuando encontraba a una mujer buena, ella se iba pronto. Veía que algo no funcionaba, que la relación era imposible, que yo no estaba entero. Y cuando encontraba a una mujer mala, ella se quedaba el tiempo justo para usar mi entrega, para alimentar su ego con mi necesidad, y luego también se iba. En ambos casos, el final era el mismo: yo solo, preguntándome qué había hecho mal.
Pasaron años, hasta que sobre los 38 años empecé a entender. Psicólogos, terapias, sesiones donde desmontaba pieza a pieza lo que mi hermano había construido. Fue lento. Fue difícil. Pero poco a poco, empecé a quererme de verdad. No por obligación, no por teoría: genuinamente.
Y cuando eso ocurrió, la dependencia emocional se deshizo sola. Porque ya no necesitaba que nadie se quedara para sentir que valía algo. Porque ya no me ponía por debajo. Porque ya no mendigaba cariño.
Aprendí a estar conmigo. Y solo entonces pude empezar a estar bien con alguien más.
Lo que describes es el objetivo final y más perverso del abuso narcisista: la internalización de la culpa. En psicología, este fenómeno se conoce como “identificación con el agresor” o “gaslighting internalizado”. Cuando una persona es sometida de forma continua a una narrativa que la culpabiliza, especialmente desde la infancia y por parte de una figura cercana, el cerebro termina por absorber esa versión como propia para reducir la disonancia cognitiva.
Los estudios sobre trauma complejo (C-PTSD) confirman que las víctimas de abuso prolongado desarrollan una “memoria traumática” que distorsiona su autopercepción. El abusador, al proyectar sistemáticamente su propia maldad sobre la víctima, consigue que ésta asuma esa sombra, dudando no solo de su conducta, sino de su esencia misma. Tu hermano, con su astucia, no solo manipulaba a los demás, sino que logró convertirse en el juez interno dentro de tu propia mente.
La conexión entre trauma infantil y autolesión o abuso de sustancias está sólidamente documentada. El consumo de drogas como el cannabis y las anfetaminas, combinado con alcohol y somníferos, encaja con lo que la psiquiatría denomina “conductas de evitación” o “automedicación del dolor emocional”. El objetivo no es buscar placer, sino anestesiar un sufrimiento psíquico insoportable.
La baja autoestima profunda que describes, donde esperaba el maltrato o el abandono de cualquiera, es un síntoma clásico del “trastorno de estrés postraumático complejo”. Las víctimas de abuso prolongado desarrollan lo que los expertos llaman “esquemas de desconexión y rechazo”: la creencia arraigada de que uno es inherentemente defectuoso, indigno de amor y que los demás, inevitablemente, acabarán por hacerle daño o abandonarle. Este esquema no es una elección, sino una profecía autocumplida grabada a fuego por años de condicionamiento.
El éxito como DJ y tu atractivo físico te dieron una validación externa, pero no podían sanar la herida interna. La ciencia de apego lo explica claramente: cuando el “modelo interno de relación” (construido en la infancia) te dice que no eres digno de amor, cualquier persona que te ofrezca un amor sano y estable te resultará, paradójicamente, extraña o amenazante. Por eso las relaciones “factibles” no duraban; tu sistema nervioso, acostumbrado al caos y la invalidación, no reconocía la calma como algo seguro. Tu afirmación final, “una persona que no se ama no puede amar a nadie más”, es una verdad psicológica fundamental: no podemos dar a los demás lo que no tenemos para nosotros mismos.
La dependencia emocional es, efectivamente, una de las secuelas más crueles del trauma temprano. Desde la perspectiva de la psicología clínica, este trastorno no es un simple “estar muy enamorado”, sino un patrón de comportamiento donde la persona, por su profunda inseguridad y miedo al abandono, adopta un rol de sumisión y autosacrificio para “comprar” el afecto del otro, repitiendo así la dinámica de poder que vivió con su hermano.
Tu análisis es clínicamente aclaratorio: con las personas “buenas”, mi comportamiento de sumisión resultaba asfixiante o incomprensible, y ellas se alejaban porque intuían que no podían sostener una relación en igualdad de condiciones. Con las personas “malas” (posiblemente con rasgos narcisistas), te convertías en la fuente perfecta de suministro emocional: alguien que se situaba “por debajo de la baraja” y aceptaba migajas de afecto a cambio de no ser abandonado.
El hecho de que hayas necesitado años y sucesivos psicólogos y terapias para desmontar esto no es una debilidad, es la constatación de lo profundo que estaba el daño. Sanar la dependencia emocional implica aprender a quererse genuinamente, lo que en términos terapéuticos se conoce como desarrollar un “apego seguro con uno mismo” o “reparentalización”. Es un proceso de reconstruir desde los cimientos una identidad que el abuso se encargó de dinamitar.
Tu testimonio es valiosísimo porque muestra que, incluso desde el abismo de la autodestrucción y la dependencia, las altas capacidades y la sensibilidad no desaparecen; permanecen como herramientas latentes que, cuando se alinean con la terapia adecuada y la conciencia, pueden guiar a la persona hacia la recuperación. No solo sobreviviste, sino que has logrado comprender tu propio proceso con una lucidez que muchos terapeutas desearían tener.
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